miércoles, 30 de marzo de 2011

Nunca me abandones

Estados Unidos, 2010
Dirigida por Mark Romanek

Escrita por Alex Garland, a partir de la novela de Kazuo Ishiguro

Carey Mulligan, Andrew Garfield, Keira Knightley, Charlotte Rampling, Sally Hawkins, Izzy Meikle-Small, Charlie Rowe, Ella Purnell, Nathalie Richard, Andrea Riseborough, Domhnall Gleeson, Oliver Parsons.


A imagen y semejanza
"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia".

Es una idea muy atractiva para novelistas, guionistas e inventores de historias, el centrarse en seres creados por el hombre, criaturas que deberían ser insustanciales, pero que terminan desarrollando emociones. Tiene un gran potencial para la metáfora y para el drama. El replicante Roy, en "Blade Runner", puede parecer un monstruo, pero sus pensamientos antes de morir tienen una humanidad desgarradora. Los "replicantes" de "Nunca me abandones", no han visto la Puerta de Tannhäuser, no han estado en Orión ni conocen los rayos C, pero han experimentado cosas igual de gordas, como por ejemplo el amor.

La película tiene como acierto hacer un planteamiento de la historia desde el punto de vista de esos seres supuestamente neutros. Eso favorece la omisión de mucha información científica y filosófica, y orienta al espectador hacia la observación de lo que esos seres son y sienten a lo largo de su existencia. El resultado es una película de una amargura permanente en la cual planean nubarrones de cabo a rabo, sin concesión a la más escueta chispa de alegría. Y es que la primera reflexión que puede suscitar esta película, extrapolable a otros ámbitos, es que hace falta un intangible esencial para que la vida tenga sustancia: futuro.

La película se centra en el periplo de esos seres con fecha de caducidad, fabricados para ser sacrificados como ganado. Lo que más sorprende es que con el avance de la historia uno descubre que son seres primarios, incapaces de contestar su destino. Son, sin embargo capaces de soñar, de comprender su cometido vital, de sentir miedo, celos y envidia, de generar su propia identidad. Vamos pues a asistir observar el comportamiento de unos seres enjaulados, conscientes y sumisos. Se puede decir que es una propuesta casi masoquista.
De paso, puede entreleerse un aviso crítico a nuestras sociedades del hiperbienestar, camino de la hiperasepsia: arrasamos con todo para salirnos con la nuestra, hacemos lo que haga falta para protegernos de cualquier mal, incluso convertirnos en desalmados. Es la lucha por la especie, la vertiente más animal del ser humano.

Por lo demás, la película es de parco argumento, los conflictos son menores, son enredos humanos que, bajo la gigantesca sombra de la "culminación" nos muestran el ADN de estos seres. Quizás algunos espectadores echen en falta mayores conflictos, menos contención, más ciencia-ficción, pero lo que se gana por un lado, puede perderse luego por otro. La película es más plana en algunos aspectos argumentales, pero más rica en otros emocionales. Quizá podía haber sacado más partido de una situación que ofrece muchas variables, pero no debe olvidarse que está basada en una reconocida novela, y en cualquier caso, el camino por el que opta, sí lleva a alguna parte, y eso es lo que debe pedirse a una historia.
Como el replicante Roy de "Blade Runner", como los personajes de otra película sobre el tema, "la Isla", los muchachos amargados de "Nunca me abandones", son versiones modernas y sofisticadas de nuestro viejo amigo Frankenstain, ese monstruo que desafió allá por 1818 el poder omniscente de Dios y que demostró a pesar de los remiendos, que habían en él briznas de bondad.

Esta historia nos muestra en definitiva, la esencia contradictoria del ser humano, que crea y para ello destruye, que hace el bien, y para ello debe hacer el mal, que ama y odia, que es capaz de lo más bello y de lo más horrible. Nadie está libre de culpa, ni siquiera los propios "replicantes", fabricados por el hombre a su imagen y semejanza.

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